Trampas era el hijo de Luna, una preciosa pastora belga de pelaje blanco similar al de un borreguito, que en época de celo era asediada por todos los perros del contorno.

Quizás por eso, me pareció gracioso y acertado ponerle el nombre de Trampas, ya que había nacido como fruto de ese instinto animal que les dotaba de una fuerza y una astucia para saltar una verja sin tan siquiera sopesar los riesgos. Sí, su padre fue con casi toda seguridad aquel pastor alemán queqó atrapado entre la alambrada.



No sé si por casualidad o porque era hembra, Luna era mucho más femenina y delicada en sus movimientos y, sobre todo, una madre preocupada de que sus cachorros no sufriera ningún mal. Era ágil, muy ágil, tanto que en una escapada por la montaña no dudo en perseguir un conejo hasta cazarlo a pesar de no estar aleccionada.

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Imagino que hay caracteres que van definidos en los genes: la caza, la maternidad... ¿quién sabe si no también las manías?

He conocido algún perro que acostumbraba a destrozar cualquier calzado. Otros se dedicaban a la ingeniería y excavaban verdaderos socavones...

 

 

La de Trampas era la de escaparse. 

Al principio aprovechaba cualquier descuido nuestro para salir por la puerta.

Pero, poco a poco, fue aprendiendo o acrecentándose su adicción, que no pestañeaba a la hora de saltar una valla de más de 2 metros.

Era dócil, educado, pero dejaba de ser un pastor alemán y se transformaba en un galgo, con las orejas gachas y la velocidad dibujada en el rostro. Regresaba a casa a los tres o cuatro días para recuperar energías y entonces volvía a elucubrar algún plan para la escapada. 

En una ocasión tardó más de lo normal, casi una semana, y vino con todo el cuello perforado por agujeros. Aquélla fue su última vez.

Esa manía fue su perdición.