
Llevaba todo el día intentando llamar la atención de Chispitas. Le movía el brazo, esperando que viniera corriendo a jugar conmigo, gritaba su nombre en voz aguda y siseante, le ponía las mil y una carantoñas hasta que al final, extenuada, vociferaba algo enfadada su nombre.
Pero él no obedecía, seguía correteando alegre detrás de su rabo, subiéndose a la ramas de los árboles y mordisqueando todo cuanto se movía por su paso.
-Chispitas no me quiere- deduje. Aquel juguete peludo que me había regalado la naturaleza brincaba sólo a mi regazo cuando buscaba un lugar cómodo donde dormir.
-¡Qué egoísta!-pensé- Sólo soy el cojín mullido donde echar una cabezadita. ¡Pues no!-decidí- La próxima vez lo sacaré de encima y además le pondré un gesto de indiferencia.
Y así lo hice. Hacia las tres del mediodía, la hora de costumbre, lo vi revolotear a mi alrededor. Esa vez no lo llamé por su nombre ni le hice ninguna de mis cabriolas, giré la vista hacia un lado y con rostro serio entorné los ojos. No quería mirarlo... No debía mirarlo, sabía que me desarmaría con sus angelicales ojos gatunos. Sin embargo, a él no le importó que hubiera ladeado la cara, se agarró a la ropa y se alzó hasta mi regazo. Permanecí impertérrita, sin hacerle caso ni ninguna ñoñería. Esperaba que así se diera cuenta de mi enfado... Pero no, él comenzó a lamerse y relamerse todas las partes de su cuerpo, pulía milímetro a milímetro cada uno de sus pelos... y cuando se sintió limpio, dio media vuelta y se espachurró encima mío.
-¡Mira el comodón!-exclamé- ¡Ahora sí vienes conmigo, ahora sí te valgo! Te vas a enterar...-me dije.
Le cogí su pierna y se la empecé a mover, de aquí para allá, se la estiraba, luego se la encogía, después se la acercaba la oreja... Quería incordiarlo… aunque él parecía no inmutarse. Jugueteé entonces con su rabo... pero nada, parecía que tampoco le molestase. Después le rasqué su barriga, pero continuaba con su plácida siesta.
Era como si confiara plenamente en mí, hasta el punto de poner sus brazos, sus piernas, su todo a mi disposición.
¡Qué mayor muestra necesitaba de su amor! Ponía su vida en mis manos sin tan siquiera pestañear.
Le acaricié nuevamente la cabeza y le pegué un achuchón.
Moraleja: no debes dejar que el orgullo te nuble la razón.
Pero él no obedecía, seguía correteando alegre detrás de su rabo, subiéndose a la ramas de los árboles y mordisqueando todo cuanto se movía por su paso.
-Chispitas no me quiere- deduje. Aquel juguete peludo que me había regalado la naturaleza brincaba sólo a mi regazo cuando buscaba un lugar cómodo donde dormir.
-¡Qué egoísta!-pensé- Sólo soy el cojín mullido donde echar una cabezadita. ¡Pues no!-decidí- La próxima vez lo sacaré de encima y además le pondré un gesto de indiferencia.
Y así lo hice. Hacia las tres del mediodía, la hora de costumbre, lo vi revolotear a mi alrededor. Esa vez no lo llamé por su nombre ni le hice ninguna de mis cabriolas, giré la vista hacia un lado y con rostro serio entorné los ojos. No quería mirarlo... No debía mirarlo, sabía que me desarmaría con sus angelicales ojos gatunos. Sin embargo, a él no le importó que hubiera ladeado la cara, se agarró a la ropa y se alzó hasta mi regazo. Permanecí impertérrita, sin hacerle caso ni ninguna ñoñería. Esperaba que así se diera cuenta de mi enfado... Pero no, él comenzó a lamerse y relamerse todas las partes de su cuerpo, pulía milímetro a milímetro cada uno de sus pelos... y cuando se sintió limpio, dio media vuelta y se espachurró encima mío.
-¡Mira el comodón!-exclamé- ¡Ahora sí vienes conmigo, ahora sí te valgo! Te vas a enterar...-me dije.
Le cogí su pierna y se la empecé a mover, de aquí para allá, se la estiraba, luego se la encogía, después se la acercaba la oreja... Quería incordiarlo… aunque él parecía no inmutarse. Jugueteé entonces con su rabo... pero nada, parecía que tampoco le molestase. Después le rasqué su barriga, pero continuaba con su plácida siesta.
Era como si confiara plenamente en mí, hasta el punto de poner sus brazos, sus piernas, su todo a mi disposición.
¡Qué mayor muestra necesitaba de su amor! Ponía su vida en mis manos sin tan siquiera pestañear.
Le acaricié nuevamente la cabeza y le pegué un achuchón.
Moraleja: no debes dejar que el orgullo te nuble la razón.