Mi relación con los animales ha sido un tanto particular. La verdad es que siempre les he tenido mucho respeto, por no reconocer abiertamente que quizás era más miedo que otra cosa.
Sin embargo, era como aquel "ni contigo ni sin ti", porque cuanto mayor era mi temor, mayor eran mis ganas de acercarme a ellos.
Supongo que esa relación amor-odio nació con el perro salchicha de mi mejor amiga de párvulos. Se llamaba, espero que aún se llame, Sonia. Me lo pasaba francamente bien en su casa, excepto a la hora de comer. Imagino que sus padres no lo percibieron y yo tampoco lo confesé. En honor a la verdad, es la primera vez que lo hago. Ahora comprendo que el pobre perro sólo quería jugar, llamar mi atención, pero en aquellos momentos yo únicamente sentía sus afiliados dientes en mi tobillo. Gracias a él me volví elástica y hacía contorsionismo con mis piernas para evitar que me mordiera.
El siguiente episodio que recuerdo sería con siete años. Fue mi encontronazo con la naturaleza. el primer verano que marchábamos a veranear al pueblo de donde eran oriundos mis padres, una pequeña aldea de Lugo, por aquel entonces sin las comodidades de la ciudad y rodeada por quinientos mil animalejos de aspecto no muy favorecedor.
Infinidad de moscas que de tamaño diverso extenuaban al ganado, tábanos enormes que te comían viva, vacas de grandes y tristones ojos negros que, con mirada un tanto chulesca, parecían agobiarles la prisa o aquel gallo cantarín que cada día al despuntar el alba daba el toque de corneta.
Tampoco los perros eran tan dóciles como los de la ciudad, acostumbrados a bregar con las ovejas y las vacas y a defender sus propiedades. Pero, por encima de todo ello, arañas de cuerpos minúsculos si con seis patas de casi medio metro. No sé muy bien el porqué de mi repulsión cuando al fin y al cabo son prácticamente inofensivas. Supongo que cuando eres pequeña te impacta todo de forma diferente y a mí una película de Tarzán me marcó de sobremanera. Tarzán se enredaba en una telaraña de un bicho seis o siete veces más grande que él... ¡Uf, qué miedo, qué asco, qué de todo!
Cada uno tenemos alguna manía, algunos a los ascensores, la limpieza, las ratas... o incluso a alguna persona. No sé, eran superiores a mis fuerzas, no podía con ellas... ni tampoco con los gusanos.
Pensándolo bien, me pregunto si soy la persona adecuada para crear mascotaniaWeb. Tal vez sí, el miedo no va reñido con el respeto a los animales. No he olvidado cómo mi hermano y yo íbamos a buscar manzanas para el burro de un vecino. La intención no era mala, pero la pobre bestia acabó empachada de manzanas verdes.
Aquel verano fue mi despertar a la naturaleza: grillos, luciérnagas, mariquitas, saltamontes, chicharras, ranas, erizos, abejas, mariposas, topos ... y tantos otros animales que una niña de ciudad no conocía.