Nala no era mi perra, sino uno de los regalos que tuvo mi sobrino en su primera comunión. Era un pequeño cachorro de raza bóxer color whisky y aquel día se convirtió en la verdadera protagonista porque todos los niños se volvieron locos con ella.
Nunca he creído que el bóxer fuera un perro muy agraciado: un hocico achatado medio negruzco, una mandíbula protusiva y esa respiración nasal que me recordaba a mi padre con sus mejores ronquidos.
Aunque supongo que los feos tenemos algo y, cuando la observaba detenidamente, le descubría un no sé qué en la mirada que la volvía guapa, muy guapa. Ella adivinaba que era el centro de mis pensamientos y comenzaba a contornear el cuerpo y sacudir su minúsculo rabo, esperando alguna palabra, algún gesto mío para chupetearme las manos.
Y yo me sentía muy feliz, porque parecía que ella intuyera que si no la acariciaba no era porque no quisiera, sino porque no podía. Y era Nala la que se abalanzaba sobre mí y con unos ligeros vaivenes me levantaba la mano izquierda y me la lamía.
Sí, quizás no era la belleza personificada; sin embargo, os aseguro que era mucho más lista que mucha de la gente con la que a menudo me tropiezo.
Por eso, cuando me dijo mi hermano, después de morir Nala, que iba a adoptar a otra bóxer, pensé que nunca sería igual y que nadie podría sustituirla.
En parte no me equivoqué pues sigue ocupando un hueco en mi corazón, porque nunca podré olvidarla. Sin embargo, Dana, que es un poco más atigrada, es tan fea, babosa y cariñosa como lo fue Nala.
Dicen que sobre gustos no hay nada escrito.
Yo tan sólo agregaré: ¡Qué bueno es ser feo!

